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El 15 de julio del 2018 escribí una nota titulada «La moda revival del antisemitismo». Hacia el final de la misma expresaba que ya no escribiría más acerca del antisemitismo y el antisionismo porque no tengo nada nuevo, nada que no haya dicho ya para aportar al respecto. Aunque para mí es claro que eso incluye al tema de Israel y el mundo con el terrorismo, ahora entiendo que quizá no quedó tan notorio para los lectores.
La situación en esta ocasión es muy diferente, aunque los protagonistas sean los mismos. Por lo cual desde el principio sentí la necesidad de escribir sobre este drama, dolorosamente muy real. No pude. El dolor y la angustia me lo impedían. Recién 12 días después pude escribir la primera, la titulé «El odio»; con el ánimo de tratar de explicar lo inexplicable para la mayoría de las personas que nos sabemos incapaces de tales actos de crueldad. Un par de días después me expresé a través de mi nota «Entre el pasado y el presente» relacionada con la liberación de dos rehenes norteamericanas que generó muchas inquietudes y errores de apreciación según mi opinión. Pero hasta hoy evité entrar en el terreno pantanoso de mis propias emociones, tal vez como una forma de resguardarme a mí misma.
Tuve una noche muy inquieta por varios motivos. Uno de ellos era porque no sabía cómo encarar esta nota que no sé por qué sentía que «debía» escribir. No soy alguien a quien le cueste hablar de sus sentimientos, el problema que se me presentó era que: o tengo que dar información que no quiero compartir por razones de seguridad o lo encaro de un modo muy genérico. Finalmente decidí sentarme y escribir dejándome fluir, siendo prudente, a ver qué sale. El objetivo es tratar de que los opinólogos de turno entiendan, aunque esos dudo mucho que me lean.
La mañana del sábado 7 de octubre amanecí como todos con una noticia que en principio generaba incredulidad y estupor que enseguida dio paso al mayor dolor y preocupación por nuestros seres amados que por un motivo u otro estaban y/o están en la zona del más terrible ataque terrorista del que Israel tenga memoria. Las emociones en una situación así se mezclan, se entrelazan y eso las intensifica. Desde entonces y por varios días no podía parar de llorar, cada noticia sobre lo sucedido agregaba más intensidad al dolor provocando más llanto.
Con la mejor de las intenciones, muchos medios y organizaciones de apoyo a Israel reprodujeron en noticieros y redes sociales las imágenes que los propios perpetradores de semejante crueldad filmaron. Entiendo el sentimiento de impotencia que todo esto produce, porque es el mismo que yo también siento y, que con el ánimo de ayudar, hayan creído necesario mostrar esas imágenes para que el mundo deje de darnos la espalda y entienda por fin. Pero es que, además de que quieres nos odian nos seguirán odiando y encontrarán » justificación» a la barbarie, están causando más dolor a los que vivimos acá que es lo que esas bestias pretendían cuando realizaron esas grabaciones. Y no soy capaz de imaginar lo que deben sentir los familiares de las víctimas y los sobrevivientes. Deben sufrir al verlas una terrible tortura para ellos. Me cansé de pedir que dejen de hacerlo, pero no hay caso. Es como nadar contra la corriente. Sin querer y creyendo hacer lo contrario, terminan siendo un brazo más de Hamás cumpliendo así con uno de sus crueles objetivos ¿O acaso creen que grabaron todo eso para documentar la barbarie y que sea más fácil juzgarlos y condenarlos?
Les hablé ya de uno de los sentimientos que me embarga, la impotencia. Querer ayudar en esta coyuntura y no saber cómo. Sentir que simplemente difundir la información es insuficiente. Encima una de las cosas que siempre me ayudó a sentir que hacía algo, escribir en mi blog, no estaba pudiendo hacerlo. Ese sentimiento suele venir acompañado de inquietud e incertidumbre.
En síntesis, si tuviera que resumir mis sentimientos en medio de todo esto sería una terrible ensalada de: incredulidad, estupor, miedo, dolor, angustia, impotencia e incertidumbre. Todo casi al mismo tiempo.
Hay algo más. Poco después de la reacción de Israel, Hizbollah también empezó a atacar. Ellos están en el Líbano del cual nos separan sólo 14 km. Cuando atacan, Israel responde y nosotros escuchamos esa respuesta. A veces son bums aislados, otras una seguidilla. Cada una de esas explosiones las siento físicamente y me causan mucho estrés llevándome hasta el llanto.
Mi intención no es ponerme en el papel de víctima, no lo soy. Víctimas fueron los masacrados, decapitados, torturados y las mujeres y niñas violadas del 7 de octubre junto con los rehenes y sus familias. Sólo que me gustaría que la gente que habla a «1000 km de la bomba que cayó»* entiendan sobre qué están hablando.
También hay que agregar a todo esto el enojo y la furia que causa leer ciertas declaraciones tanto de gobernantes del mundo como de gente común cuyo odio los ciega y los hace decir barbaridades.
Quizá esta sea una de las notas más largas que escribí y aún me queda un sentimiento más: la esperanza de que, con la ayuda de Elohim, nuestros rehenes y nuestros soldados vuelvan pronto a casa sanos y salvos junto con el pronto término de esta guerra llegando también el final del grupo terrorista Hamás. Am Israel Jai.
*Síntesis de algunos de los versos de «Canción en harapos» de Silvio Rodríguez.

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