PROFESIONAL DEL CHISME

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Profesionales del chisme, no son como muchos creen esos pseudoperiodistas que se dedican a ventilar la vida privada de los famosos. Puede que hagan muy bien su trabajo de investigación (sería genial que tan gran capacidad la usaran para ayudar a la justicia), que no se les escape ninguna información de las que ellos consideran relevantes, pero están lejos de ser verdaderos profesionales del chisme. La única que puede merecer ese título de quienes he conocido, es Marinela Artiaga. Única en su especie. Sólo yo sé sobre su esmero, tenacidad, inteligencia y capacidad para esta labor. Y únicamente porque un día, necesitando compartir con alguien sus logros, me lo confesó todo, con lujo de detalles. Ahora puedo compartirlo con ustedes, porque lamentablemente, tan minuciosa mujer, ha fallecido y en nada le afecta ya que divulgue su secreto.

Marinela era una mujer sencilla, agradable en el trato, discreta ante todo el mundo. Nunca una palabra subida de tono salió de su boca, jamás participó en discusiones estériles, era mujer de pocas palabras, sólo las necesarias y tenía una gran capacidad para escuchar. Eso hacía que la gente la considerara una persona confiable, a quien se le podía contar todo sin que lo desparramara por ahí. De esta manera, acumuló muchísima información de la vida privada de quienes confiaban en ella, sus amigos, parientes, vecinos, compañeros de trabajo y hasta comerciantes que los abastecían. Tenía en su casa una caja fuerte donde guardaba muchísimos cuadernos, perfectamente clasificados, con todo lo que anotaba acerca de los demás.

Pero la señorita Artiaga, que seguía siendo señorita a sus 57 años (edad que tenía cuando me contó todo esto), era sumamente inteligente. Ella sabía que siempre habría gente interesada en saber sobre la vida de los demás, pero que no podía divulgar todo lo que sabía de manera directa. Si lo hacía, la gente dejaría de confiar en ella. Así que se abrió un blog con un seudónimo, bloqueó la IP para que no pudieran rastrearla, y fue subiendo poco a poco todo lo que le contaban. Pero además, tomaba la precaución de publicarlo entre dos y cuatro meses después de que se lo hubieran contado, para que no pudieran relacionar con ella tal divulgación. No sólo eso, sino que hasta contó cosas privadas de su propia vida (que ya estaban pasadas en el tiempo y no le importaba que se supieran), para erradicar toda sospecha. 

En una ocasión, a través del privado de su Facebook, un vecino la contactó y la encaró preguntándole si ella era Agustina Sanabria o si la conocía. Respondió que no tenía la menor idea de quién le estaba hablando. Su interlocutor le dijo que era la escritora de un blog que se había hecho muy popular llamado TODO SOBRE TU VIDA y ahí, Marinela no siguió dando negativas. Para su disgusto, así le respondió, ella conocía dicha página de Internet. Un amigo le había mostrado que habían escrito sobre ella y le había mandado el enlace. Se lo compartió a su vecino, que de esta manera, despejó toda duda sobre su persona. Se disculpó y le explicó que la inquietud se debió a que a ella era a la única persona que le había confiado esas cosas de las cuales nadie más sabía. No entendía cómo la tal Agustina pudo haberse enterado. Marinela hizo gala de su famosa sencillez y simplicidad diciéndole que no tenía ni idea, que ella no entendía mucho de esas cosas. El hombre no sólo se quedó sin argumentos para acusarla, sino que no sabía ya como pedirle perdón y siguió confiándole sus asuntos. Con él fue más prudente y dejó pasar aún más tiempo antes de volver a escribir sobre su vida.

Tan singular y retorcida mujer, falleció joven, a los 68 años. Fue atropellada al cruzar la calle por un conductor borracho que se pasó el semáforo en rojo. No murió enseguida, sino en el hospital, luego de una operación que resultó inútil. Antes de fallecer, previendo su final, me dio la clave de su caja fuerte. Me pidió que quemara todo el material que tenía allí guardado, me lo hizo prometer. Cuando ella contaba las confidencias, ya no había peligro para la intimidad de nadie. Pero si llegaba a ser leído por alguna otra persona, ella no sabía el desastre que podía ocasionar. Cumplí con mi promesa, no sin antes buscar si tenía algo escrito sobre mí. Cinco cuadernos. Al final había una nota dirigida a mi persona:

Sabía que no aguantarías sin buscar si había escrito sobre vos, claro que lo hice. Pero si entrás al blog, verás que como en mi caso, sólo escribí meras trivialidades que en nada te comprometen, para que tampoco sobre tu persona cayeran sospechas. Te recomiendo de todos modos, también quemar tus cuadernos. Te quiero mucho, como a  la hija que nunca tuve.

Las última líneas quedaron borroneadas por mis lágrimas. La voy a extrañar, nadie sabe lo inteligente que era esa mujer, ni una de las 155 personas que asistieron a su funeral y a su entierro. Aún hoy la recuerdan con cariño y no sospechan de ella, a pesar de que en el blog no se ha escrito más. Y es que tuve la precaución, por pedido de Marinela, de bloquearlo antes de que falleciera, aduciendo que había sido denunciado y detenido el responsable de TODO SOBRE TU VIDA, cuyo autor en realidad era un hombre.

El tiempo pasó, y aunque quisiera que todos la recordaran con el cariño que siempre le tuvieron, sentí que debía contarlo para rendirle un homenaje a su gran inteligencia. No vaya a ser que alguien me crea chismosa.

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© Todos los derechos reservados.-

CRÓNICA DE UNA EMIGRACIÓN NO ANUNCIADA (7)

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-CAPÍTULO 7-

JEDERA, LA CIUDAD RUSA

     Cuando decidimos mudarnos del kibutz* a una ciudad, barajamos varias opciones. Lo principal en ese momento para nosotros era acercarnos al centro del país, donde habría más posibilidades de conseguir trabajo. La ciudad elegida fue Jedera, ubicada en el centro del país pero considerada parte del norte. Además de elegirla por su ubicación, nos ayudó a decidirnos el hecho de que mi tía vivía allí y parecía enamorada de la ciudad. Hoy por hoy mi tía sigue ahí, esta adaptada a ella y creo que la sigue amando. Para nosotros no fue igual.

     Cualquiera que lee el título de este capítulo, puede aducir que rusos hay en todas las ciudades y que en general suelen ser mayoría. Sin embargo como en Jedera no he llegado a ver. Apenas llegados a la ciudad, nos cruzamos con gente en la calle que nos preguntaba la hora o la calle directamente en ruso. Con mi marido comentamos que quizá nos habíamos equivocado y sin darnos cuenta ya no estábamos en Israel, sino en Rusia. Los negocios del centro tenían en su mayoría carteles sólo en ruso, ni siquiera traducidos al hebreo.

     Luego de haber vivido en el kibutz, un lugar donde a menos que tuvieras auto propio era difícil entrar y salir con libertad, Jedera nos parecía el paraíso. Acostumbrados a caminar, que tuviera que andar varias cuadras para comprar una leche no me representaba un gran problema. La zona era hermosa, el departamento al que nos mudamos era nuevo y estaba en muy buenas condiciones, tenía ascensor y balcón.

     Mis hijos se hicieron amigos de nenes vecinos casi enseguida y bajaban a jugar sin miedo. El mayor inconveniente que tuve al poco tiempo de haber llegado fue el jardín de infantes de mi hijo menor. Acostumbrada al kibutz, donde mi hijo iba y volvía solo al jardín, tener que tomar un autobús para llevarlo me complicaba un poco, aunque no era nada muy grave. En el jardín conocí una abuela argentina que al poco tiempo me contrató para retirar y cuidar a su nieto. Mi marido, ingeniero mecánico, aún no podía conseguir trabajo en su profesión por causa del idioma. Tuvo que trabajar como operario, ocupación que consiguió en alrededor de un mes.

     El pre-escolar de mi hijo menor fue más complejo. No por las maestras, nada tengo que decir de ellas. Si no por la ubicación del jardín de infantes. Por un lado era una ventaja, era más cerca de casa y ya podía llevarlo a pie, pero un gran tramo era camino de tierra y en época de lluvias era casi imposible el paso, por lo cual mi nene terminó faltando bastante, aunque eso no lo perjudicó. La temporada húmeda en Israel es corta. 

     Jedera es una ciudad ubicada a orillas del Mediterráneo y como tal tiene playas, hermosas por cierto. Recomiendo a quienes vayan, si eligen meterse en una especie de piletones que forman las rocas, tengan cuidado. Allí suelen alojarse unos peces minúsculos, difíciles de ver a simple vista, que muerden. He salido con la pierna sangrando un poquito de allí. Llegar a la costa, si no se tiene auto o no se vive muy cerca es otro tema. En la semana hay autobuses, pero los fines de semana no queda otra que tomar un remís de ida y otro de vuelta, lo cual no es nada barato.

     Por aquel entonces, no sé cómo será ahora, el intendente era religioso. Eso significaba que los viernes a la tarde y el sábado, la ciudad no ofrecía más posibilidades que visitarse unos a otros o gastarse plata en ir a la costa. El transporte era otro tema. Tiempo después de haber vivido ahí, mi marido consiguió trabajo en Aco (Acre). Para llegar debía tomarse un autobús frente a casa hasta la estación de tren. Autobuses y trenes no tenían los horarios coordinados. Él llegaba a la estación y al tren lo veía irse. Fue este, en gran parte, el motivo que nos llevó a buscar mudarnos de nuevo. 

     Lo mejor para nuestra vida allí fue la escuela del mayor, porque podía ir caminando solo sin mayores inconvenientes. Estaba a unas cuatro cuadras, pero en un camino sin interrupciones, que no necesitaba cruzar. Además, mientras vivíamos allí, mis suegros se habían mudado a Jedera también y encontraron un muy buen departamento justo enfrente del colegio. Eso me permitía tener libertad para trámites y compras sin miedo a no llegar a tiempo a buscar a mi hijo. También mis hijos iban de visita solos a lo de los abuelos, quienes los esperaban en la esquina y los ayudaban a cruzar la ruta.

     Si tengo que sacar una conclusión de nuestra experiencia de vida allí, debo decir que lo mejor de la ciudad, es mi tía.

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-A pesar de haber sacado muchas fotos de Jedera durante nuestra estadía allá, al no saber dónde han ido a parar, me vi obligada a utilizar una foto más reciente. En el balcón del departamento de mi primo en el año 2011, foto tomada por mi hijo mayor y editada por mí. © Todos los derechos reservados.-

*Kibutz: granja comunitaria hoy más parecido a un barrio cerrado.

CRÓNICA DE UNA EMIGRACIÓN NO ANUNCIADA (6)

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-CAPÍTULO 6-

VIAJAR ES UN PLACER

     Para un inmigrante recién llegado, sin ninguna duda. Las comparaciones son inevitables y cuando vemos que los trenes tienen asientos tapizados que hacen juego con la alfombra, mesitas en cada grupo de cuatro asientos con huequito para apoyar el vaso, bolsa de basura y que además están enteros y los baños tienen siempre papel higiénico, es inevitable maravillarse. Y cuando siendo porteños vemos que la gente viaja sentada en los autobuses y que las pocas veces que hay alguien parado es por decisión propia o en todo caso son unos pocos, nuestra admiración aumenta. Si encima le sumamos lo que conté en otro capítulo sobre los taxis colectivos y su manera confiada de pagarlos y que los transportes en general cumplen su horario y cuando no te avisan por altoparlantes, pues es inevitable sentirse como en el paraíso.

     Claro, la perfección absoluta no existe, y pedirla sería desubicado e injusto, porque nosotros mismos no somos perfectos. Generalmente esa imperfección visible no está relacionada con las compañías de transporte, si no con la misma personalidad de árabes e israelíes que viajan y conducen esos medios de transporte (la mayoría de los conductores de los taxis colectivos son árabes). Lo que más suele molestar es que hay gente que parece creer que sus bolsos, bolsas y carteras están agotados y necesitan sentarse para descansar. Es muy fastidioso verse en la necesidad de pedirles que lo saquen. En general lo hacen sin la menor protesta, pero una se siente incómoda teniendo que hacerlo. Eso de todos modos no es lo peor. Lo que es más insoportable son las personas que sabiendo que todos los autobuses tienen portaequipajes y que pueden pedirle al chofer que lo abra para guardar sus equipajes, viajan con bolsos enormes, valijas o ambos a la vez que colocan en el medio del pasillo. Más de una vez lamenté no tener alas o por lo menos no haber practicado salto en alto. Ya que mis piernas son cortas para sortear tanto bulto, al menos podría haber saltado en alto para sobrepasarlo. En el tren hay también lugar para el equipaje, pero es asombroso la cantidad de gente que lo olvida. Las madres suben con el cochecito con el bebé adentro. A nadie se le ocurre alzar a su hijo y plegar el aparato que ocupa el lugar de una persona. En los autobuses eso no suele ocasionar un problema, porque hay un espacio para eso y sillas de ruedas donde suelen ubicarse, pero el tren suele ir repleto, aveces no hay donde sentarse, sobre todo los sábados a la noche cuando retorna el servicio y eso es francamente insoportable. Fuera de eso, cabe aclarar que la gente aquí muchas veces se pelea por muchas cosas, pero nunca vi una discusión por un quítame de allí ese bolso o por interferir el camino, en ese sentido todos poseen una gran comprensión.

     Cabe contar también, que en general todas las estaciones están bien cuidadas y limpias, que los empleados suelen ser solícitos ante el pedido de información y que podemos consultar por Internet los horarios de trenes y autobuses. que en ambos casos se ha pensado en los discapacitados, que para bajar y subir a los andenes hay ascensores y rampa para subir a ambos medios de transporte.

     Y sí, pese a los personajes que nos podemos llegar a encontrar, a los choferes que gritan por cualquier cosa y a esas molestias mencionadas, viajar en Israel sigue siendo un placer.

AUTOBÚS DE JERUSALEM CMA.-

© Todos los derechos reservados.-

CRÓNICA DE UNA EMIGRACIÓN NO ANUNCIADA (5)

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-CAPÍTULO 5-

VOLVER A LA ESCUELA

     En otro momento ya hablé de lo difícil que es aprender el idioma y mencioné muy por encima nuestro curso de hebreo (Ulpán). Luego de haberlo hecho de esta manera me quedé con cierta sensación de injusticia, semejante experiencia merece un espacio aparte y dedicado. 

     Volver a estudiar para gente de nuestra edad y con hijos, implica no sólo el esfuerzo de volver a adaptarse a una situación que ya creíamos superada, sino la responsabilidad de ser un ejemplo para nuestros hijos. Si dedicamos apenas unos minutos en casa para hacer la tarea y estudiar, con qué cara vamos a exigirles a nuestros hijos que lo hagan. Mi hermana mayor había sido un ejemplo para mí en ese aspecto, ella volvía a su casa del Ulpán y luego le dedicaba como nueve horas por día al estudio. Confieso que yo no llegué a tanto, pero sí he sido una niña aplicada, he hecho mis deberes y como ya conté en otra parte, utilicé mi gusto por la escritura para estudiar y practicar el idioma. Y, a pesar de que varias de las maestras que hemos tenido no han sido muy de mi agrado, debo decir que todas siempre se mostraron muy bien dispuestas a corregir mis ejercicios auto impuestos.

     El aula era un horno o una heladera, según la parte del mundo de la que cada uno venía. En nuestra aula, como en la mayoría de las del país, estaba formada por un gran porcentaje de rusos, algunos rumanos, un uruguayo y (aparte de nosotros) dos o tres argentinos más. Allí aprendí que los rusos no son todos rubios, eso depende de qué parte de Rusia sean, y que el idioma rumano es de origen latino y no parecido al ruso como yo pensaba. De hecho, cada vez que nuestra maestra decía algo que algún argentino no entendía y le contestaba otro argentino en español, veíamos con asombro que los rumanos habían entendido dicha explicación. Prestando atención a cuando hablaban, descubrí que tenían un acento y una manera de hablar muy parecida al italiano. Rumanos y argentinos empezamos a acercarnos un poco más a partir de entonces, algo que costó un poco más con los rusos. Ellos sabían tanto hebreo como nosotros, algunos un poco más y otros un poco menos si es eso posible, y el idioma junto a las sensaciones climáticas se convirtieron pronto en una barrera difícil de franquear. Algunos de ellos y algunos de nosotros lo hemos intentado seriamente y logramos avanzar un poco, pero no logramos establecer amistad con ninguno de ellos.

     El mayor problema que causó diferencias en el alumnado, fueron las maestras. Acostumbradas a que la mayoría de sus alumnos fueran rusos, muchas de ellas sabían hablar en ese idioma, aún no teniendo esa nacionalidad de origen ni padres que lo fueran. Con la primera que tuvimos fue un caos. Ella les explicaba algunas cosas en ruso a los alumnos y eso nos confundía a los latinos que no sabíamos si nos estaban hablando en hebreo o en ruso. A los rusos no les gustaba que les explicaran en ruso y nosotros sentíamos la desigualdad y la injusticia. Eso empezó a crear asperezas muy fuertes entre ambos grupos idiomáticos. La pobre docente, con ambos lados en contra (lo único en que logramos coincidir) terminó despedida y haciendo que los latinos nos sintiéramos mal y quisiéramos arreglar las cosas, mientras los rusos se sentían de lo más conformes con dicho despido. Esa situación lo empeoró todo, hubo gritos y acusaciones injustas de ambos lados.

     No mejoró eso la llegada de la segunda docente, que parecía ofenderse cuando alguien no entendía algo y no sólo se negaba a responder, sino que contestaba de muy malos modos a quien se atreviera. No bastó más para que estallara la revolución y una compañera y yo nos retiráramos del aula sin estar dispuestas a entrar al menos que la docente rectificara su posición. Nosotras no sabíamos lo que pasaba adentro del aula y nos enteramos después. Mientras nosotras nos declarábamos en huelga, la guerra estalló allí adentro. Al punto que la maestra sin saber cómo controlar la situación vino a disculparse con nosotras, quienes regresamos y nos quedamos sorprendidas ante el cuadro de gritos y enojos que había . El resultado no se hizo esperar, otra maestra despedida.

     Creo que hubo otra más interina mientras esperábamos la oficial, pero es obvio que no dejó huella alguna, pues no la recuerdo en lo más absoluto. Lo mejor llegó cuando no quedaba mucho tiempo para el final. Las clases fueron impuestas por dos maestras que trabajaban en días alternados ¿Resultaríamos un grupo insalubre para una sola? Excelentes ambas. Una de ellas con una capacidad de histrionismo que hacía que las clases fueran mucho más llevaderas, con mucha experiencia a cuestas tenía conocimientos de español, ruso, hebreo, inglés y hasta algo de etíope. Nos hacía reír con sus chistes y sus imitaciones de la forma de hablar de cada comunidad. Relajó la convivencia entre nosotros que terminamos siendo no amigos, pero sí buenos compañeros. Nos cargaba a los argentinos, porque decía que siempre decíamos MAÑANA y nos alentó a que no perdiéramos la buena educación que traíamos y a servir de ejemplo a un pueblo que no solía conservar ciertas costumbres como decir por favor, por ejemplo.

     En cierta medida el Ulpán fue un parto, pero la experiencia y lo aprendido no sólo a nivel idiomático si no de convivencia y diferencia de culturas, así como muchos otros conocimientos y vivencias es un bagaje cuyo enriquecimiento no cambiaría por nada del mundo.

EN LA VARIEDAD ESTÁ EL GUSTO.-

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CRÓNICA DE UNA EMIGRACIÓN NO ANUNCIADA (4)

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-CAPÍTULO 4-

UN PAÍS CONFIABLE

     En Israel, como en todo el resto del mundo, hay colectivos, taxis, trenes y hasta subte. Pero tiene un medio de transporte muy particular: la MONIT SHERUT. Es ésta una camioneta para diez personas. Hace el mismo recorrido que el de los colectivos, pero paran donde a uno se le da la gana. Son más baratas y más incómodas también. Pero son ideales cuando no se quiere esperar mucho, porque los colectivos no pasan tan seguido como en Buenos Aires. La excepción es cuando se sube en la parada de origen, ellos no arrancan hasta que todos los asientos están ocupados. La forma de pagar es también peculiar: todos se ubican en sus lugares y le dan el dinero al de adelante. El que está más cerca del chofer le entrega la plata y si hay vuelto, el sistema es el mismo pero en sentido inverso.    

     Y es que si hay algo bueno en Israel es que si bien la delincuencia no es inexistente, el porcentaje es tan bajo que la gente aún puede confiar en los demás. Todavía existe la palabra. Un empleado no puede amenazar con renunciar si no le dan lo que pide, pues si no están dispuestos a complacerlo considerarán que ha renunciado. Casi no existe el recibo y te miran raro si se los pedís. Si hay una emergencia nacional, como la guerra del 2006, el israelí abrirá la puerta de su casa a los refugiados sin importar que sean desconocidos. Conozco un caso, por ejemplo, donde incluso el dueño de la casa que recibió a una familia que no conocía, le prestó el auto al padre de dicha familia.

     Mi vida en Buenos Aires me ha dejado ciertos sustos, y aunque no pase nada, cuando un auto aminora la velocidad a mi lado y se detiene, todavía siento miedo. A pesar de tener ya ocho años y medio viviendo en el país, aún me asombra poder caminar cerca del cordón de la vereda con la cartera colgando descuidadamente del lado de la calle sin que ningún motorista intente arrancármela. Al principio los miedos eran inevitables. Cierta vez, cuando tenía poco tiempo como inmigrante y viviendo en el kibutz, volvía a mi casa de la lavandería con la ropa. Era de noche y estaba bastante oscuro. Me aterré, porque además el camino estaba muy solitario. Me costó tomar conciencia de la situación de seguridad en que me encontraba. Cuando lo hice, llegué incluso a sentirme arropada.

     Es que la mayoría de la gente tiene una idea muy equivocada acerca del tema de la inseguridad aquí. Mucho más inseguros estábamos en mi querida y extrañada Buenos Aires. Incluso en época de guerra no hay inseguridad, pues nos encontramos muy protegidos. A toda hora nos indican qué hacer y si un misil fue disparado hacia nuestra zona, se nos avisa con una alarma o altavoces para que nos refugiemos a tiempo. Nos reparten y cambian periódicamente las máscaras con los antídotos y cada tanto se hacen ensayos para que sepamos reaccionar inmediatamente. Si debemos estar de manera prolongada en los refugios, la municipalidad se encarga de repartir: agua, alimentos, remedios y frazadas. Ese es el verdadero motivo por el cual del lado israelí suele haber menos muertos y heridos que del lado de nuestros atacantes. Y es que los pocos que hubo, la mayoría de las veces, fueron por accidente o imprudencia.

     Hay algo que puedo afirmar sin miedo a quedar como una mentirosa y es que jamás en mi vida me sentí tan segura como desde que vivo en Israel.

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-Moniot sherut (plural de monit sherut) por las calles de Haifa, Israel. © Todos los derechos reservados.-

Escrito en la ciudad de Nahariya, Israel, en el año 2011.

CRÓNICA DE UNA EMIGRACIÓN NO ANUNCIADA (3)

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-CAPÍTULO 3-

DIBUJOS NO, LETRAS

     Llegamos a Israel con un mínimo conocimiento de hebreo. Sabíamos las letras (escribirlas y leerlas), aunque nos parecían dibujitos, y lo siguieron pareciendo durante algún tiempo. También conocíamos unas pocas palabras y aún menos expresiones equivalentes a: no entiendo hebreo, no hablo hebreo y no sé hebreo y, como es de suponer, también sabíamos que en hebreo se lee y escribe al revés. En nuestra ingenuidad pensamos que al día siguiente, o como mucho una semana después, empezaríamos el ulpán (curso de hebreo que dura casi 6 meses); pero esa fue otra de las sorpresas que nos esperaban, no lo empezamos hasta un mes y medio después.

     Vivir durante un par de meses en un país donde no se conoce el idioma, no es sencillo. Hasta que pudimos aprender palabras diferentes a las que son iguales al español (limón, té, café, banana, etc.), tuvimos que manejarnos por señas y hasta sonidos tales como: muuuu, cocorocó y otros por el estilo. Tratar de comprar queso para rallar comprometió nuestra dignidad con los gestos que nos vimos obligados a hacer y sobre ello hay todo un cuento escrito por mi marido. La cantidad de anécdotas que tenemos con el idioma nos obligaría a que sólo ellas conformaran un libro, pues son muchísimas. Algunas ya les he contado tantas veces que temo que se gasten.

     Mientras nosotros esperábamos para empezar el curso de hebreo, mis hijos comenzaron sus clases escolares. Dani, el menor, iba al jardín del kibutz* durante 8 horas. Eso y el hecho de que no tuviera más de dos años de haber empezado a hablar el idioma español, hizo que lo absorbiera antes que ninguno de nosotros y que mezclara los idiomas al hablar de una manera que nos resultaba divertida y tierna. Al principio la comunicación con él se hizo difícil. Había cosas que él sólo sabía decirlas en hebreo y nosotros aún no sabíamos nada. A medida que Ezi, el mayor, empezó a aprender, fue un alivio para nosotros. No fue fácil tampoco para él. Vino en contra de su voluntad y se declaró en rebeldía. Logramos que saliera adelante con la ayuda de otra inmigrante que era maestra de hebreo y que vivía a pocas casas de distancia de la nuestra. Hoy día ambos nos corrigen cuando hablamos mal, nos ayudan a hablar por teléfono (es algo que poco a poco vamos logrando, pero aún nos cuesta) y se ríen de nosotros cuando cometemos errores. El mayor llegó a avergonzarse de mí alguna vez, lo cual me causó mucho dolor, pero ambos hemos superado juntos esa etapa. El más chico piensa en hebreo, aunque durante un tiempo él lo negó, se nota porque traduce cuando habla y algunas expresiones y palabras nos resultan muy graciosas. Pero no nos reímos de él, si no con él. Actualmente ya reconoce que es verdad que piensa en hebreo. Hoy mismo me sorprendió, cuando lo escuché decirles a su abuela y a su tía que en Argentina es todo al revés. Lo mismo que nosotros sentimos al llegar aquí sobre Israel.

     La primera vez que fuimos al ulpán nos dividieron en dos grupos: los que no sabían ni las letras, y los que sabíamos algo. La idea era no aburrirnos aprendiendo lo que ya sabíamos. Estudiar en el ulpán fue como participar en una maratón de postas. Porque tuvimos 5 maestras distintas y porque la forma de enseñarnos los verbos era diciéndolos rápido y obligándonos a conjugarlos a gran velocidad. Hubo momentos en los cuales resultaba tan angustiante que más de uno (todos adultos) terminamos llorando en algún momento. Por mi parte trataba de aplicar lo aprendido en casa, con el diccionario al lado y escribiendo relatos en idioma hebreo. Logré sorprender a mis maestras, no sólo porque llegué a escribir bastante bien algunos de ellos, sino también porque mis errores daban lugar a extrañas aseveraciones, como la vez que terminé uno de esos escritos diciendo que mi papá antes fue mujer. Debo confesar que estudiar en el ulpán fue casi como un parto para mí, aunque tanto mi esposo como yo terminamos con bastantes buenas notas (las de él mejores que las mías).

     Para un adulto es siempre más complicado y nosotros, a pesar de tener ya ocho años y medio en el país, seguimos aprendiendo más y más cada día. Una de mis compañeras de trabajo se ríe cada vez que me pongo contenta por haber aprendido una nueva palabra que la mayoría de veces ella misma me enseña. Aún estoy lejos de poder leer un libro o llenar un crucigrama (no pierdo las esperanzas); y de las noticias en los diarios, parte entiendo, otra parte adivino y la mayor parte no entiendo ni jota. Pero hay una frase popular que dice: persevera y triunfarás, así que sigo esperando el triunfo mientras persevero tozudamente.

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© Todos los derechos reservados.-

*Kibutz: granja comunitaria, actualmente funcionan más como barrios cerrados.

Escrito en Nahariya, Israel, en el año 2011.

CRÓNICA DE UNA EMIGRACIÓN NO ANUNCIADA (2)

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-CAPÍTULO 2-

EL DURO OFICIO DE SER OLÉ*

     Podría ser positivista y por mostrarme agradecida a todo lo que recibí de ayuda cerrar los ojos a la realidad y contar sólo lo bueno que me tocó vivir como inmigrante. Pero si yo hiciera tal cosa, además de ser una mentirosa, estaría yendo contra el objetivo de estas crónicas, que es que afuera conozcan la realidad de este país y de los inmigrantes desde otro punto de vista y de una manera muy diferente a como se las cuentan. También pretendo que sirva de ayuda a la hora de tomar su decisión a quienes se estén planteando venir. Saber cuál es la parte dura de todo esto les ayudará a reflexionar sobre si están dispuestos a pasar por esas cosas para alcanzar su meta sea esta cual fuere.

     Cuando fuimos a la Sojnut (agencia judía) a organizar nuestra emigración, nadie nos avisó que llegaríamos a una casa de un solo ambiente no mucho más grande que una habitación, para cuatro personas. Como conté en la introducción, al principio estábamos tan cansados y tan contentos por haber llegado que ni nos dimos cuenta. Además, la persona que nos recibió, nos aseguró que sólo sería por una semana. Cuando uno acaba de dejar tantas cosas atrás y está dispuesto a empezar de nuevo ¿qué puede importar soportar vivir hacinados durante siete días? Pero no era verdad. Estuvimos allí casi dos meses.

     Llegamos el 26 de febrero del 2003. Y al mes siguiente estalló la guerra contra Irak. En esa guerra nada teníamos que ver nosotros, pero el gobierno iraquí amenazó con atacar Israel si ellos eran atacados por EEUU. Eso no amedrentó a los norteamericanos. En Israel empezaron los preparativos de prevención. Repartieron las máscaras, plásticos transparentes para cubrir ventanas y todo resquicio por donde pudieran colarse los efluvios de las armas químicas. A toda hora y en varios idiomas nos explicaban el uso de las máscaras, cuando correr a los refugios y como inyectarse el antídoto que venía junto con las máscaras. En las escuelas y jardines de infantes se los enseñaban a los chicos, les hacían practicar el uso de las máscaras y hacían ensayos de correr a los refugios. En la mayoría de las casas tenían que elegir qué ambiente sellar con los plásticos. Para nosotros eso no representaba ninguna dificultad, teníamos que sellar toda la vivienda. Empecé a tener asma a partir de entonces. Durante el tiempo que estuvimos en esa casa, dormimos y vivimos con todo sellado. Como si fuera poco, en esa época estaba lloviendo en Israel lo que había llovido en 20 años. Es decir, que a pesar de estar en un kibutz*, no nos quedaba casi el recurso de estar afuera.

     Aproximadamente dos meses después de nuestra llegada, nos avisaron que tenían una casa de dos ambientes que estaba destinada a unos amigos que eran menos de familia, pero que ellos ya le habían echado el ojo a otra que se estaba por desocupar y la cual preferían esperar. Nos ofrecieron mudarnos allí provisionalmente. No tuvieron que convencernos, sin dudarlo dijimos que sí. Después del tiempo pasado en el mono ambiente, esta casa nos parecía enorme y un palacio. Los chicos dormían en el living y estaba bien equipada con los muebles que nos hacían falta. Hicimos la mudanza con un carrito eléctrico. Y es que no teníamos tanto para llevar, pues aún no había llegado nuestro conteiner. Habremos estado en esta casa unas dos semanas, cuando nos avisaron que la casa de tres ambientes destinada a nosotros ya estaba lista.

     El carrito eléctrico volvió a cumplir la función de camión de mudanzas, nos fuimos a la nueva casa entusiasmados y aliviados… hasta que pusimos el primer pie adentro… Jamás había visto una casa más vacía en toda mi vida, ningún mueble, ni armarios, ni siquiera un mísero agujero en el baño donde apoyar los cepillos de dientes. La desesperación que sentimos no la puedo describir. Mi marido se tiró deprimido en la cama y yo me fui a dar una vuelta para no estallar de la rabia que tenía. El que nos había recibido el primer día era el encargado de los inmigrantes y en las otras dos casas había venido a ver si estábamos bien y contentos, pero por esta no se apareció y no dudábamos de por qué. Cuando me fui temía que viniera y como no quería agredirlo ni verbalmente me fui. Pero no me esperaba lo que pasó, encontrármelo en mi camino. Me preguntó qué tal estábamos y la sangre me comenzó a hervir. Le dije que era una vergüenza, después del hacinamiento con el que nos habían recibido, que nos pasaran a una casa en esas condiciones. Me respondió que después de determinado tiempo ya no les correspondía darnos nada. Le contesté que a nosotros nadie nos avisó de eso y que si lo hubieran hecho podríamos habernos ocupado de buscar todo lo que podía hacernos falta. Me respondió que es igual que cuando se alquila una casa. Le dije que nosotros siempre habíamos alquilado y que en Argentina nunca me ocurrió de mudarme a una casa que no tuviera ni donde apoyar los cepillos de dientes. Me contestó que entonces nos volvamos a Argentina. A partir de ahí vi todo aún más rojo, no recuerdo que le dije, pero seguro que bonito no. Y todo, como es de esperar, en medio de llanto y grito. Y es que cuando se es un inmigrante con poco tiempo, todos los sentimientos están a flor de piel y una está mucho más sensible. Me fui a seguir caminando para no matarlo. Cuando volví a la casa, mi marido me recibió con la pregunta: ¿A qué no sabés quién estuvo aquí? No fue difícil acertar, sabía que luego de mi reacción, el encargado de los inmigrantes también terminaría reaccionando. Había ido a hablar con mi esposo y a decirle que mandaría un carpintero para tomar las medidas del baño y construir allí un pequeño armario.

     La que por unos días fue una heroína para nosotros, fue mi tía que ya se había venido a Israel en octubre del 2002. Ella nos ayudó a organizarnos, a ver todo de otra manera y hasta nos hizo un plano de lo que podríamos hacer cuando llegara el conteiner con las maderas en las que llegaban las cosas. De golpe nos sentimos menos agobiados y más tranquilos, no sé qué habríamos hecho sin ella esos días. Cuando llegaron nuestras cosas pusimos manos a la obra y además de acomodar lo que había llegado, hubo que limpiar la heladera y el lavarropas que llegaron con hongos. Mi esposo utilizó las maderas para hacer un mueble en la cocina que sirviera como mesada y bajo mesada, un armario en nuestra habitación y hasta un escritorio para la computadora (que no lo hizo con las maderas del cajón del conteiner). El día que dejamos el kibutz para mudarnos a la ciudad de Jedera, el encargado de los inmigrantes nos pidió que por favor dejáramos el armario.

     Tuvimos muchas vicisitudes en el kibutz, sería muy largo contar todo. Sólo les diré que lo que más nos afectó aparte del tema de la vivienda, y lo que nos decidió a irnos de allí, fue el tema del transporte. El kibutz estaba anclado en una montaña, a cinco kilómetros de la ruta en camino de subidas y bajadas pronunciadas y a quince kilómetros de la ciudad de Tiberias. Desde donde estábamos podíamos ver el Kineret. Contábamos para entrar y salir con un transporte público y gratuito de la municipalidad que sólo funcionaba en épocas de clases. Si había huelga de maestros (que las hubo), fiestas o vacaciones, no podíamos movernos de dónde estábamos. Sólo había un colectivo de línea en todo el día. Con él entrábamos al kibutz si estábamos en la ciudad o salíamos de él, pero no podíamos hacer ambas cosas. Eso complicó la posibilidad de conseguir trabajo, ya que en la ciudad conocían acerca de esto y nadie quería arriesgarse a contratar a alguien que no sabía si podría llegar a tiempo.

     Recomiendo la vida del kibutz para los que tienen hijos pequeños como nosotros, siempre que esté sobre la ruta o tengan auto para tener independencia de movimiento. El aire libre, la vegetación y la vista, son impagables.

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-Mueble hecho por mi marido con las maderas del conteiner. © Todos los derechos reservados.-

*Olé: inmigrante en Israel.

*Kibutz: granja comunitaria, actualmente funcionan más como barrios cerrados.

CRONICAS DE UNA EMIGRACIÓN NO ANUNCIADA (1)

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 -CAPÍTULO 1-

 HACIENDO AMIGOS

     La ventaja de venir a Israel en un plan como el nuestro, es la mayor facilidad para conocer gente que optaron por lo mismo y con quienes podremos compartir nuestras experiencias. El hecho de que seamos vecinos y en un kibutz*, facilita el acercamiento.

     Al lado nuestro vivía una familia uruguaya compuesta por dos nenas, un bebé y los padres. Cuando me enteré me alegró pensar que tendría con quien tomar mate, pero estos uruguayos eran la excepción que confirma la regla ¡y no tomaban mate! Aunque la manera de hablar de ellos era muy similar a la nuestra, cada tanto surgían expresiones o palabras que nos causaban gracia: como la vez que la madre de los chicos, sabiendo que su marido y ella se retrasarían, me pidió que le avisara a la hija mayor que tenía la comida pronta en la heladera. Me divirtió la idea de que la comida estuviera apurada. Ellos habían llegado el día anterior y ella estaba dispuesta a probar todos los nuevos sabores que este país le ofrecía. Así que, cada vez que iba al colbo (como un almacén autoservicio donde hay de todo) compraba algo nuevo y bastaba que yo pasara por debajo de su ventana para que me diera a probar. El padre de familia no tardó en alquilar un automóvil, aprovechando que por unos meses podía utilizar el registro que traía de su propio país. Alquilaba una especie de tráfic y varios nos apuntábamos. De esa manera pudimos pasear con amigos y disfrutar mucho, además de conocer algunos lugares cercanos a donde vivíamos. Uno de los paseos que más recuerdo y donde más disfrutamos todos, chicos incluidos, fue a una especie de balneario a orillas del lago Kineret (Mar de la Galiliea), que tenía piletas y toboganes de agua.

     Al lado de los uruguayos y a dos casas de nosotros, vivía un tucumano casado con una mendocina, una niña un año menor que el menor mío y un perro policía. No los conocimos en el kibutz, sino en el aeropuerto. Aunque viajaron en otro avión, llegaron el mismo día y casi a la misma hora. Nos dieron un susto bárbaro por un minuto que luego recordaríamos siempre entre risas. Tenían la jaula con el perro junto al transporte que los llevaría a ellos al kibutz. Nunca entendí por qué si íbamos al mismo lugar no viajamos juntos. Cuando vemos que están por abrir la jaula del perro. Pensamos que estaban locos, semejante tamaño de perro, después de tantas horas de encierro, podía hacer terribles descalabros y comernos vivos a todos. Para nuestra sorpresa, Orión (así se llamaba), salió mansamente de su jaula y no dijo ni mu. Además de que había sido sedado para soportar el viaje, era el perro más tranquilo que vi en mi vida, si lo escuchamos ladrar una vez, creo que fue mucho. La amistad con ellos se hizo estrecha y continuó con los años. Vivimos juntos muchas cosas y algunas divertidas anécdotas que mi marido ya se ocupo de relatar en sus cuentos. El hecho de que cada uno haya ido a vivir a ciudades diferentes nos distanció un poco. Pero el cariño está intacto y cada tanto nos vemos o nos hablamos, aunque el tiempo que representa cada tanto es tristemente cada vez mayor.

     En una de las charlas que dieron en la Sojnut (la agencia judía) para los que íbamos a venirnos, nos presentaron a una pareja de recién casados que viajaría el mismo día que nosotros. No sabíamos que también tenían el mismo destino. Compartimos el viaje en avión, pero no estuvimos juntos en el aeropuerto. Fue una sorpresa encontrarlos en el kibutz. A ella le costó adaptarse, todo lo veía negativo a pesar de que éramos muchos los que tratábamos de ayudarla para que viera las cosas de otra manera, no tardó muchos años en volverse a Argentina. Él vive en Tel Aviv, una vez por año nos visita, suele recordarnos y felicitarnos por nuestro aniversario de israelíes y cada tanto nos hablamos, sobre todo para contarnos las novedades importantes que surgen en nuestras vidas. Fuimos juntos, durante un tiempo al ulpán (curso de hebreo) y alguna de las anécdotas vividas con él también fue escrita por mi esposo.

     Otra pareja de recién casados había llegado varios meses antes que nosotros. Aún no tenían hijos ni ella estaba embarazada cuando nos conocimos, pero les encantaban los chicos. Varias veces ella me hizo el favor de cuidarme los míos, los cuales disfrutaban muchísimo con ellos. Poco a poco él empezó a aprender más sobre religión con los ortodoxos y se fue metiendo más y más con ellos. Hoy día son una familia compuesta por cuatro niños, otro en camino y ellos, ortodoxa. Muy de vez en cuando nos hablamos por teléfono, aunque viven en Aco que está a sólo 10 minutos de Nahariya, nos vemos aún menos. Fuimos una vez a cenar a casa de ellos y sus hijos se encariñaron en seguida con nosotros, son muy dulces, y tienen pendiente una visita a nuestra casa en la que prometimos ponerles todo descartable.

     Ellos llegaron después de unos meses de haberlo hecho nosotros. Una familia compuesta por dos argentinos y dos venezolanitos hermosos. El mayor de sus hijos se hizo enseguida amigo del mayor nuestro. Vivieron doce años en Venezuela antes de venirse. Se adaptaron muy bien en seguida, ella venía con un excelente nivel de idioma y no tardaron casi nada en encontrar ambos un buen trabajo. Sin embargo se volvieron a Argentina, más que nada sentían la necesidad de la familia. Allí también encontraron pronto trabajo y finalmente volvieron a Venezuela. Sigo en contacto con ella a través de Facebook y cada vez que veo la foto de sus hijos me sorprendo al ver lo grandes que están.

     Éramos varias familias, y no nos hicimos amigos de todos, aunque con algunos tuvimos más afinidad que con otros. Hay con quienes nos llevábamos más, pero no profundizamos. Tuvimos sorpresas, como que gente a la que apreciábamos terminaran siendo más amigos de mi hermana y mi cuñado. O encontrarme con alguien con quien me había encariñado muchísimo en el recital de Alejandro Lerner fundiéndonos en un gran abrazo. Hay afectos que se han quedado para siempre en un rincón de nuestro corazón, pero con los que por esas vueltas de la vida, no seguimos el contacto. Para todos ellos y los que no mencioné pero saben que los quiero, un abrazo enorme y todo mi cariño.

CLARITA, ORIÓN Y DANI EN EL KIBUTZ JOKUK.-

-Mi hijo menor con la hija de unos amigos y Orión. © Todos los derechos reservados.-

*Kibutz: granja comunitaria, actualmente funcionan más como barrios privados.

CRÓNICA DE UNA EMIGRACIÓN NO ANUNCIADA

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   -Introducción-     

     Cumplí mis dieciocho años en Israel, en medio de una estadía de dos meses. Me volví a Argentina asegurando que Israel era un país muy interesante para conocer y pasear, pero que de ninguna manera viviría allí.

     A los 35 años recién cumplidos, con un hijo de ocho años y otro a dos meses de cumplir los cuatro, estaba despidiéndome de mi padre, su mujer, un primo y una pareja de amigos con su hija mayor que habían ido al aeropuerto. Yo sabía que después de tantos años me iba a encontrar un país muy cambiado (hasta el gobierno era de una tendencia completamente opuesta), pero jamás me imaginé que todo me asombraría y me maravillaría tanto como si llegara por primera vez. Supongo que en parte porque mi propia situación era completamente distinta y los años y la madurez nos enseñan a ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando partimos hacia nuestro nuevo hogar, lo hicimos con mucho dolor, angustia, esperanzas, inquietud, ilusión e ingenuidad. Esto último, en parte, porque nos habían dicho que aquí necesitaban ingenieros mecánicos y como sabíamos que los ingenieros mecánicos argentinos estaban muy bien valorados, nos imaginamos casi que en el mismo aeropuerto estarían muchísimas empresas rogándole a mi marido que aceptara el trabajo que le ofrecían con excelentes condiciones. Por supuesto que estoy exagerando, pero la verdad es que nos imaginamos que sería mucho más sencillo para él, que le bastaría con aprender el idioma y listo. La realidad suele pegarnos muy duro y es muy doloroso cuando nos damos cuenta y tomamos conciencia que todo aquel bagaje que traíamos con nosotros de experiencia y conocimientos es como si no existiera y debemos empezar casi de cero ¡A nuestra edad!

     Nuestra primer sorpresa fue en el aeropuerto, donde en una sala en la que recibíamos nuestra documentación de inmigrantes para poder empezar a movernos legalmente en el país, nos esperaba: un primer dinero para los primeros gastos que se nos presentaran, comida y bebida gratis, golosinas para los chicos y un teléfono completamente gratuito para que quienes teníamos familia o amigos en el país pudiéramos anunciarles nuestra llegada. La siguiente sorpresa fue verificar que a pesar de que nuestras maletas habían estado durante horas dando vueltas solas a la espera de ser recogidas, nadie se las había robado. En el estacionamiento del aeropuerto nos esperaban los trasportes que nos trasladarían a nuestro destino. Nosotros fuimos los últimos en llegar cerca de las dos de la mañana.

     A pesar de la hora, en el kibutz en el que moraríamos durante nuestro primer año, nos esperaba despierto un argentino encargado de recibirnos y que vivía en Israel desde la fundación del estado. En la puerta de nuestra nueva vivienda había un cartel de bienvenida. Estábamos tan cansados, que hasta que la mencionada persona no empezó a hablar y a decirnos que era una vivienda provisoria, ni nos dimos cuenta que se trataba de un solo ambiente que hacía a la vez de habitación matrimonial, habitación infantil, living, comedor diario y cocina. Dicho así da la sensación de que a pesar de ser un solo ambiente era enorme, pero nada más lejos de la realidad, no pasaba de los cuatro por cuatro metros. La felicidad de haber llegado y empezar una nueva vida, la sensación de que aún no habíamos bajado del avión y la sorpresa de haber sido recibidos con algunos alimentos esperándonos (queso blanco, fruta, pan, leche, etc.) hizo que en primera instancia le restáramos importancia. Sólo queríamos dormir, descansar del viaje y todo nos parecía perfecto.

Y NOS DIERON LA BIENVENIDA.-

-Mis hijos en la puerta de la primer casa que tuvimos en el kibutz. © Todos los derechos reservados.-

*Escrito en el año 2011 en Nahariya, Israel (nosotros emigramos en el año 2003).

DRASHÁ: TANAJ Y VOS

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La siguiente Drashá* fue escrita y leída por mí en la kehilá* a la que pertenezco y durante el Cabalat Shabat*:

1.- Levanten las manos aquellos que cuando escuchan la palabra Tanaj (en español: Antiguo Testamento) piensan en un libro antiguo.

2.- Levanten la mano aquellos que piensan que el Tanaj es un libro para religiosos.

3.- Levanten la mano aquellos que piensan que el Tanaj es el relato de la historia del pueblo hebreo.

4.- Levanten la mano los que creen que el contenido del Tanaj era bueno para la época en que fue escrito, pero que no es aplicable hoy en día.

5.- Levanten la mano los que creen que aún hoy en día podemos aprender mucho del Tanaj.

6.- Levanten la mano los que creen que el Tanaj es un libro lleno de sabiduría, amor y buenos consejos.

7.- Levanten la mano aquellos que leen el Tanaj (no importa si lo hacen siempre o de vez en cuando) solos en sus casas.

     Mucha gente opina uno o varios de los puntos hablados antes, incluso más cosas de las expresadas aquí acerca del Tanaj. La pregunta es en qué se basan para emitir esas opiniones ¿Es acaso lo mismo opinar sobre aquello que nos es cercano y conocido que sobre aquello de lo que como mucho hemos oído hablar? Aunque el que hable sea un gran conocedor ¿Cuándo aprendemos más, cuando nos enseñan siendo simples oidores o cuando participamos activamente del aprendizaje y nos apropiamos de él?

     Como mujer que tiene mucha fe en Elohim*, entiendo que Él tiene una perspectiva mayor que nosotros, no tiene una mirada corta y cuando hace o permite algo, no lo hace o permite para influir sólo en ese preciso momento, aunque eso también ocurra. Puede que cuando pasa no podamos verlo ni darnos cuenta, pero Elohim sabe mejor que nosotros qué consecuencias tiene cada cosa en un futuro más lejano. Él tiene una capacidad de proyección que nosotros no. Cuando inspiró el Tanaj, si bien fue necesario cada libro en el momento en que fue escrito y era necesario y apropiado para esa época, Elohim ya sabía qué de todo eso llegaría a nosotros y cómo podría influirnos en nuestras propias vidas y épocas, si nosotros lo permitimos.

     Todos o casi todos sabemos, o al menos tenemos idea, de que el Tanaj es un libro que a su vez contiene otros libros. Si bien es posible encontrar menciones sobre temas de astronomía, historia, medicina, matemáticas, zoología y botánica; como suele tener a bien recordarnos nuestro rabino, el Tanaj no es un libro de astronomía, historia, medicina, matemáticas, zoología ni botánica. Para estudiar dichas ciencias hay muchísimo material, ese no fue el propósito de Elohim al inspirar el Tanaj, por eso no tiene sentido que nadie discuta imprecisiones científicas o históricas que creyere encontrar en él. Aunque la historia y la arqueología, cada vez más demuestran que era cierto lo escrito en el Tanaj.

     Elohim permitió que tan inspirado libro llegara hasta estos días, porque tiene mucho para trasmitirnos a través de él. No sólo prohibiciones, que si las leemos con detenimiento y como ya nos enseñó Ana* la semana pasada, no tienen otra intención que enseñarnos a amar (a los demás y a nosotros mismos), sino incluso enseñanzas y consejos que aunque les parezcan increíbles nos sirven actualmente. Desde cómo afrontar la muerte, hasta qué clase de socios nos conviene tener o cómo nos conviene reaccionar ante determinadas situaciones. Aprendemos sobre el arrepentimiento, sobre hacernos cargo de las consecuencias de nuestros actos y sobre perdonar, por ejemplo. Alice* ya nos habló sobre que podemos ser amigos de Elohim y eso también lo aprendió del Tanaj. Ana nos habló sobre no guardar rencor y no vengarnos y eso también lo aprendió del Tanaj.

     Es cierto, el Tanaj es un libro antiguo que suelen leer los religiosos, donde figura parte de la historia de nuestro pueblo y que fue necesario y bueno para la época en que fue escrito. Pero no es menos cierto que esa antigüedad tiene aún vigencia, que todos tenemos alcance y la posibilidad de leerlo si queremos, que  podemos aprender mucho del Tanaj (sabiduría, amor y buenos consejos) y que para que todo eso sea posible tenemos que mínimamente leerlo. Puede que algunas cosas nos confundan al principio, que surjan algunas dudas. Hay varias opciones, entre ellas tres más probables: una es seguir leyendo pese a eso, a ver si más adelante logramos despejar esos cuestionamientos, otra y muy importante es atreverse a hablarle a Elohim y pedirle claridad y la otra y más sencilla para los impacientes, es acercarse a alguien que tenga conocimiento del Tanaj y preguntarle. Recuerden que para aprender no hay edad, siempre estamos aprendiendo.

     Pero lo más importante que podemos encontrar en el Tanaj a mi parecer, es el conocimiento sobre Elohim, donde descubrimos que muchas veces es muy distinto a lo que creíamos. Difícil que logremos ser sus amigos si primero no lo conocemos, por eso los aliento: lean el Tanaj, conozcan a Elohim.

SHABAT SHALOM*.

*Drashá: comentario sobre la porción del Tanaj que se lee durante la semana.

*Kehilá: comunidad.

*Cabalat Shabat: recibimiento del sábado. Ceremonia tradicional del pueblo judío.

*Elohim: Dios en hebreo.

*Ana y Alice son dos mujeres miembro de la kehilá a la que pertenezco.

*Shabat Shalom: literalmente, sábado de paz. Se utiliza como saludo mutuo al finalizar el servicio del Cabalat Shabat y para saludarse unos a otros durante todo el sábado.

© Todos los derechos reservados.-