ME SOBRAN SENSACIONES Y ME FALTAN PALABRAS

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Ayer; mi familia compuesta por mis dos hijos, mi marido y yo, nos dirigíamos a la casa de unos amigos que viven camino a la playa. Yendo hacia allí, uno inevitablemente ve el mar de frente. Estaba hermoso y me salió expresarlo en hebreo… pero mal. Quise decir algo tan simple como: ¡¡¡Qué lindo el mar!!! y dije algo equivalente a: ¡¡¡Qué lindo a el mar!!! Mi hijo mayor que como buen adolescente siempre está al pendiente de cualquiera de mis errores, me dijo: ¿Cómo «qué lindo a el mar»? Sin perdida de tiempo reparé mi error y lo dije correctamente. Me quedé pensando unos segundos, porque no es la primera vez que cometo dicho error y ya llevo viviendo en Israel 7 años y medio, y me di cuenta que el problema es que como siempre tengo la sensación de que en hebreo me faltan palabras, termino agregando de más palabras que no van. Cuando así lo expliqué, mi hijo mayor me respondió: «TE SOBRAN SENSACIONES Y TE FALTAN PALABRAS». Me encantó la frase, aunque luego él la cambió diciendo que teniendo en cuenta que yo suelo agregar palabras que no van, en realidad me sobran sensaciones y palabras. De alguna manera tiene razón, aunque en lo que a mí respecta y a propósito de esta reflexión, la primera versión es la más indicada. En hebreo hay palabras que se dan por sobreentendido, de esta manera no decimos, por ejemplo: ME COMPRÉ UNA CARTERA, decimos algo así como: ME COMPRÉ CARTERA y el una se da por entendido. Con el verbo ser en presente es lo mismo, no decimos, por ejemplo: YO SOY MAMÁ, decimos: YO MAMÁ. Así, si tenemos que decir una frase tan sencilla como: ÉL ES UN NIÑO HERMOSO, diremos: ÉL NIÑO HERMOSO y todos entenderán qué estoy diciendo. Eso hace que una se sienta hablando como india, incluso a pesar del tiempo. Y el problema es que hay cosas que no podemos evitar traducir. Claro que eso ya no me pasa con expresiones simples y cotidianas, las cuales ya me salen solas en hebreo. Pero hay cosas que una no usa tan a menudo, y ahí empiezan los problemas. Me suele pasar cuando tengo que enfrentarme a algún trámite, por ejemplo, que nunca hice antes. Siendo un tema que no manejo, desde el momento que sé que tengo que hacer dicho trámite, así sea una semana antes, empiezo a armarme mentalmente la frase que tengo que decir en hebreo, por supuesto traducción mediante. Cuando hay alguna palabra que me falta, recurro a mis hijos. Una vez que tengo armada la frase, me la paso repitiéndola todo el día e incluso en sueños y duermo mal hasta el día que tengo que ir. Cuando dicho momento llega, voy con tiempo, caminando despacito y repitiéndome la frase sin parar, palabra por palabra. Cuando al fin llego al lugar y me atienden, estoy tan tensa por la situación nueva, que digo lo que tengo que decir con todos los errores habidos y por haber que quería evitar. Menos mal que aquí están acostumbrados a los inmigrantes, y entienden a pesar de las equivocaciones. Sueño con el día que ya no tenga que pensar cada palabra, que mi hebreo sea tan fluido que ya ni me asombre de la facilidad con que lo hablo. Mientras tanto, mi vida estará llena de anécdotas idiomáticas que me harán pensar y reír, como ayer.

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17 de julio del 2010

SILENCIO ROTO

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Había una vez el silencio. Pero no cualquier silencio. Un silencio profundo, intenso, enorme. De tal magnitud que penetraba por los huesos, las venas, las arterias hasta alojarse perpetuamente en el corazón de cada ser vivo. Tan inmenso era que causaba dolor. Nadie era capaz de abrir la boca ni para comer ni para suspirar. Los cuerpos estaban inmóviles por la rigidez causada por el dolor que producía el silencio. Nadie era capaz de elaborar una solución, ya que nadie podía ni moverse ni discutir el tema. La gente y los animales empezaban a sufrir desnutrición y esto traía aparejada debilidad que causaba a su vez otras enfermedades. Pensar, aunque con sufrimiento, sí podían. Eso hizo que después de mucho tratar de descubrir lo que había pasado, la gente llegará a ver con claridad la respuesta. Los músicos del mundo, cansados del robo de sus obras, dejaron de componer. La gente utilizaba Internet no ya como una herramienta útil en su trabajo o su vida social, sino como una herramienta para bajarse su música preferida y hasta podía escucharla en Internet mismo. Las compañías productoras, viendo que por esta causa las ventas habían bajado muchísimo, dejaron de producir. La gente escuchaba una y otra vez los CDs y cintas que tenían, hasta arruinarlos. No había material nuevo que comprar y todo lo que estaba en Internet ya era viejo y tan escuchado que poco a poco la gente se fue cansando y dejó de escuchar música. Los canales y programas de video clip al no tener material nuevo para trasmitir ni disqueras que quisieran publicitar debieron cambiar el rubro. Algo parecido pasó con la radio, donde sólo se escuchaba ya las noticias y los partidos de fútbol. La gente no llamaba a la radio porque no tenían temas que quisieran pedir y dejaron de pasarse los Top 10. La falta de música fue creando el silencio y secando las almas. La situación era desesperante y sin salida posible si no fuera por una guitarra. La guitarra se sentía cansada y dolorida, harta de estar en un rincón sin poder sonar. Veía como su propietario se iba apagando poco a poco y su madera comenzó a traspirar con lágrimas de tristeza. Decidió que debía ser capaz de algo imposible, era un objeto, sin pies para colmo, sin embargo estaba decidida a intentarlo. De una manera que hasta para ella hoy resulta misteriosa, se encaramó al piano enfundado de la sala. Le hablo desde su corazón de madera, el piano escuchaba y lloraba también de pena. Si la guitarra había podido llegar hasta él, él debía ser capaz también de algún milagro. Y así, enfundado y cerrado como estaba, empezó a sonar junto con la guitarra, un dúo hermoso con una melodía completamente nueva e inventada por ellos. Su sonido empezó a penetrar paredes, muebles, traspasó calles e inundó las almas de quienes hasta el momento habían estado inmóviles. La gente comenzó a sonreír primero, a levantarse después, a bailar, a cantar, a alimentarse. Ese día fue una fiesta a nivel mundial. Los sitios de Internet comenzaron a mejorar sus sistemas de seguridad, los músicos empezaron a componer nuevamente y las compañías disqueras se decidieron a grabar, pues la gente volvió a comprar su música favorita. Desde entonces, el silencio fue roto y nunca más causó un dolor tan profundo.

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2 de julio del 2010